Las enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT) representan uno de los principales desafíos para la salud pública mundial y son responsables de aproximadamente el 74 % de las muertes (1). Durante décadas, las estrategias preventivas se orientaron al control de factores de riesgo en la adolescencia y la adultez; sin embargo, la evidencia demuestra que gran parte de la susceptibilidad cardiometabólica se establece mucho antes. Los primeros 1000 días de vida, desde la concepción hasta los dos años de edad, constituyen un periodo de elevada plasticidad biológica en el que la nutrición condiciona el desarrollo futuro del organismo (2, 3).
Este concepto, sustentado por la teoría de los Orígenes del Desarrollo de la Salud y la Enfermedad (DOHaD), explica que las adaptaciones inducidas por un ambiente nutricional desfavorable durante la gestación favorecen la supervivencia fetal, pero incrementan el riesgo de obesidad, hipertensión arterial, diabetes mellitus tipo 2 y enfermedad cardiovascular en etapas posteriores de la vida (4, 5). La programación metabólica comprende modificaciones persistentes en la estructura y la función de órganos y sistemas, originadas durante periodos críticos del desarrollo.
La disponibilidad o el exceso de nutrientes durante la gestación y los primeros meses de vida influyen en la organogénesis, la maduración inmunológica, el desarrollo cerebral y la regulación endocrina del metabolismo energético. Estas adaptaciones alteran la función pancreática, el metabolismo hepático, la adipogénesis y la sensibilidad a la insulina, lo que sienta las bases biológicas para diversas enfermedades cardiometabólicas (5, 6).
Estos cambios están mediados principalmente por mecanismos epigenéticos, entre ellos la metilación del ADN, las modificaciones de las histonas y la regulación por microARN, capaces de modificar la expresión génica sin alterar la secuencia del ADN (6). La disponibilidad materna de proteínas, folatos, vitamina B12, colina y ácidos grasos esenciales participa en estos procesos, mientras que la obesidad, la diabetes gestacional y las deficiencias nutricionales modifican el ambiente fetal e incrementan el riesgo cardiometabólico (3, 6, 7). La denominada hipótesis del desajuste explica que un organismo adaptado a la restricción nutricional intrauterina presenta mayor susceptibilidad a obesidad y diabetes cuando posteriormente se expone a ambientes con abundante disponibilidad energética (5).
La lactancia materna y una alimentación complementaria adecuada constituyen intervenciones esenciales para consolidar un desarrollo metabólico saludable gracias a sus efectos sobre la respuesta inmunológica, la expresión génica y el microbioma intestinal (8, 9). La serie Breastfeeding in the 21st Century estimó que una cobertura casi universal de la lactancia materna evitaría más de 820 000 muertes infantiles al año y reduciría el riesgo futuro de obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión y dislipidemia (10). Al mismo tiempo, el Global Burden of Disease Study 2021 confirma que las ECNT continúan siendo la principal causa de mortalidad mundial, mientras que la OMS, UNICEF y el Banco Mundial advierten que la malnutrición persiste en millones de niños menores de cinco años, ya sea por retraso del crecimiento, emaciación o exceso de peso (1, 10).
América Latina enfrenta la doble carga de la malnutrición, caracterizada por la coexistencia de desnutrición, deficiencias de micronutrientes, sobrepeso y obesidad. Ecuador refleja esta realidad, la Encuesta Nacional sobre Desnutrición Infantil reporta que aproximadamente uno de cada cinco niños menores de dos años presenta retraso en talla, situación que coexiste con el incremento del exceso de peso infantil y con marcadas desigualdades en el acceso a una alimentación saludable (11). Este escenario respalda el fortalecimiento de políticas públicas orientadas a la nutrición materna, la protección de la lactancia, una alimentación complementaria basada en evidencia y la promoción de entornos alimentarios saludables (3, 4, 12).
La nutrición durante los primeros 1000 días constituye una intervención biológica capaz de modificar la trayectoria de la salud desde el inicio de la vida. Invertir en la salud materna, la lactancia y la alimentación temprana no solo mejora el crecimiento infantil, sino que también reduce el riesgo futuro de enfermedades crónicas y fortalece el desarrollo humano. La prevención comienza antes del nacimiento; asumir este principio implica orientar las decisiones clínicas y las políticas públicas hacia la protección de esta etapa decisiva del desarrollo.
Finalmente, la evidencia científica confirma que en esta etapa de vida constituyen una oportunidad irrepetible para modificar el riesgo de enfermedades crónicas a lo largo de la vida. Reconocer la nutrición temprana como un determinante biológico de la salud implica trascender el enfoque asistencial y priorizar estrategias preventivas basadas en evidencia. Fortalecer la atención preconcepcional, la nutrición materna, la protección de la lactancia materna y la alimentación complementaria adecuada debe convertirse en una prioridad para los sistemas de salud. Solo mediante políticas públicas integrales, articuladas con la práctica clínica y la investigación, será posible reducir la carga futura de las enfermedades no transmisibles y promover generaciones con mejores oportunidades de desarrollo, salud y bienestar.